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Necesito mejorar mis manuscritos. Supongo que me caerían bien unos ejercicios de caligrafía. Bueno, me paso la vida haciéndolos, al menos siempre que recuerdo que debo hacerlos.

La verdad nunca me ha gustado eso de repetir trazos vez tras vez tras vez. Es como pasar siempre por este lado de la calle; llega un momento en que te hastías de ver las mismas paredes, los tejados habituales, la conocida secuencia de grietas en el suelo de cemento… y yo soy de los que cambian de acera sólo para ver un nuevo paisaje. Pero ahora que pienso en ello, escribo como camino: siempre rápido, con movimientos sutiles y cierta sinuosidad para romper la monotonía. Mis pies no generan dos pasos idénticos, y mis manos son incapaces de reproducir sus propios garabatos.

Buscaré justificarme alegando que es un arte escribir una palabra en cien formas diferentes. Sin embargo, el problema se hace obvio cuando yo mismo no entiendo esos símbolos desarreglados, que tratan de camuflarse entre sí como huyendo de algún pavoroso designio, tímidos y superpuestos. No, no más. Volveré a llenar páginas con curvas y tildes, por mucho que mi mente divague y mis músculos se resientan. Tal vez, después de todo el proceso, aprenda a caminar de otra manera.

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