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La Humanidad no me necesita, jamás ha necesitado a uno de sus individuos. Nuestra especie es un ser viviente que respira, que crece y evoluciona. Cuando alcanza la madurez suficiente para dar determinado salto lo hace, sin importar quién sea el personaje encargado de llevarlo adelante.

Los instrumentos musicales más antiguos fueron inventados por personas de culturas diferentes en lugares diferentes, pero en la misma época. Deportes como el bádminton tienen orígenes identificables en Asia y en la América precolombina. La invención del cálculo diferencial se le atribuyó a Newton, pero Leibniz lo desarrolló también, por separado. Y, ¿quién voló un avión primero, Santos-Dumont o los hermanos Wright? Se diga lo que se diga, sus logros fueron casi simultáneos, aunque independientes.

Si alguien se las arreglara para viajar al pasado y eliminar en la cuna a todos los grandes inventores de la historia, al regresar se encontraría con el mismo mundo. Claro, algunos nombres habrían cambiado, algunas fechas y lugares serían diferentes, tal vez incluso serían otras las potencias del planeta. Sin embargo, el desarrollo general del ser humano sería el mismo.

La Humanidad no me necesita, si muero hoy eso a la especie no le da ni le quita, siempre habrá alguien para tomar mi lugar haciendo todo lo que yo hubiera podido lograr. La Humanidad no me necesita, pero puedo hacer la diferencia en la vida de quienes me rodean, de quienes amo y me aman. Mi huella en sus mentes y corazones es indeleble, mi papel en sus vidas único e insustituible, el fruto de mi actuar con ellos es la eternidad verdadera.

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