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Era una mañana de sábado como cualquier otra, y habría permanecido así, sin pena ni gloria, si tan solo hubiera pospuesto para otro fin de semana la excursión de compras que hice hacia el centro de La Paz.

El cielo estaba cubierto con un gris sombrío, como presagiando las oscuras visiones que poco después perturbarían mi alma. Luego de caminar un par de horas por las cada vez más transitadas calles del casco viejo, en un giro sorprendente, en el lugar más inesperado, la vi. Había leído sobre ella, epidemia omnipresente en otras latitudes; había escuchado en clandestinas conversaciones su nombre susurrado con disimulo, con cierto temor respetuoso. No cabía en mí de asombro, ningún relato pavoroso podía haberme preparado para escena tan desgarradoramente sádica. ¿Era posible que, también en mi ciudad y ante mis propios ojos, la bestia atacara?

No cabía duda, estaba allí, a escasos centímetros de mi temeroso rostro, en un conocido centro comercial paceño… ¡la “pantalla azul de la muerte”! Las imágenes que acompañan este relato no pueden ser más elocuentes. Véanlas… si se atreven.

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