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No, no es el título de alguna apocalíptica película futurista, sino lo que parece haberme afectado hace unos días en la mismísima ciudad de La Paz, a pocos metros de mi lugar de trabajo. Y es que, aparentemente enterado de los burlones comentarios que publiqué sobre uno de sus primos en este mismo blog, cierto cajero automático decidió ponerme en mi lugar reteniendo mi tarjeta de débito y desapareciendo de mi cuenta USD 50. Bueno, el dinero es recuperable (una vez concluya el absurdo, molesto e innecesariamente largo proceso burocrático de reporte del incidente ante el banco), pero… ¿y el profundo trauma semiesquizofrénico que me acelera el pulso cada vez que atisbo uno de esos engendros mecánicos en mi diario y errático caminar? ¿Quién me compensa por eso, eh?

Moraleja de la historia: no hablen mal de las máquinas, ellas lo saben todo.

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