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Como parte de los estudios de postgrado que llevo adelante me tocó publicar en un foro privado. La verdad, el comentario me salió desde lo más hondo y expresa muy bien mi punto de vista, de modo que a continuación lo comparto:

Todo docente tiene ante sí la doble responsabilidad de enseñar y formar. Si consideramos que tan solo algunos cumplen exitosamente con la primera, ¿cuántos menos lo hacen con la segunda? El sistema educativo, especialmente el superior, se concentra más en la transmisión de conocimiento útil en el mercado laboral que en la de valores, y eso en el fondo tiene sentido. ¿Quién puede dar a otro lo que no posee?

En el texto se menciona “la base de nuestra manera de vivir”, y considero que ese es el punto clave. Un docente debe transmitir en su forma de conducirse día a día las cualidades que hacen falta para “construir un futuro viable”, y quien no pueda hacerlo que lo reconozca y busque otro empleo. A ninguna parte nos llevan los catedráticos impuntuales, los que tienen estudiantes preferidos (aunque sea en base a su rendimiento académico), los que llevan al aula su mal humor, los que humillan y acosan a sus alumnos, los que mantienen relaciones ilícitas con miembros del grupo a su cargo, los que fomentan el materialismo y los hábitos nocivos, los que participan junto con aquellos a los que deberían formar en recreación denigrante… y la lista sigue.

No pretendo aquí dar el perfil del mal docente, sino dejar claro que primero debemos mejorar como personas; quitarnos las actitudes y costumbres destructivas y negativas antes de pretender, ilusamente, que quienes aprenden de lo que ven en nosotros sean constructivos y positivos. Hecho esto podremos aspirar a que “la democracia, la equidad, la justicia social, la paz y la armonía con nuestro entorno natural” sean realidades en nuestra sociedad. Sí, la humanidad necesita transformarse, pero la transformación se inicia en el individuo y, más específicamente, en el individuo que tiene a su cargo la formación de otros.

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