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Durante un par de días decidí salir del escudo musical con el que normalmente me aíslo y sintonizar las noticias matutinas para terminar de despertar. Grande fue mi sorpresa al escuchar, como primicia a esas tempranas horas, que la FIFA había de alguna manera prohibido la práctica oficial de balompié (me suena chistoso, mejor “fútbol”) en localidades con altitudes mayores a los 2500 metros sobre el nivel del mar.

Yo no soy un fanático de ese deporte, de hecho ya hubo quien se alegre por la aversión que tienen mis ojos hacia las pantallas de televisión con fondo verde-césped. A pesar de ello, comprendo que a la mayoría de mis paisanos la noticia les haya caído como balde de agua amanecida en un patio paceño. Sin embargo, ¿no será esta “calamidad” la oportunidad de dar un giro positivo?

Hablemos con claridad, en fútbol los bolivianos no destacamos… ni atacamos… ni siquiera aguantamos… pero ese no es el punto. El punto es que el fútbol no es, ni de lejos, el único deporte que se practica en nuestro país. Bolivia tiene tradición como sede de campeonatos y pruebas internacionales en diversas disciplinas, y también es un lugar donde verdaderos deportistas vienen a probar el límite de sus capacidades. ¿No será tiempo de dejar a la FIFA y a sus consentidos con sus estrategias y sus millones, y concentrarnos en otra cosa? Yo estoy convencido de que podemos hacerlo muy bien.

¿Estoy en contra del fútbol boliviano? Para nada, incluso firmaré la carta que diversos medios de comunicación están preparando para el Presidente de la FIFA porque me parece un justo reclamo. Sólo espero que al final siga siendo una petición, y nunca una súplica.

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