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Una visita al cementerio pocos la buscarían de buena gana, pero después de unas horas en él ninguna duda me cabe: los vivos somos muy buenos para darle a nuestros muertos el silencio y la paz que tanta falta nos hacen, justo a ellos, que (sin importar lo que cada uno crea al respecto) no los necesitan ni los aprovechan. ¡Cuánta belleza entre lozas inertes, entre ramas que se mecen junto a la suave brisa! Irónica razón que se añade a mi lista de envidia por los fallecidos.

Por ahora no tengo una tumba que visitar regularmente, pero me he prometido volver pronto a esos hermosos parajes.

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