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¿Qué haremos? Los sucios, los detestables, los débiles, ¿a dónde vamos? Si no creemos en el infierno y estamos convencidos de que no nos hace falta un purgatorio, entonces, ¿qué nos queda? Por vivir en tinieblas y estar contentos con eso estamos desheredados en este universo dividido entre los seres iluminados y la basura. Somos los parias de las bajas esferas y los echados de las alturas, los desarraigados, los de ninguna parte, el nexo que conecta la nada con el vacío. Miramos desde afuera, desde lejos, en silencio y sin muchas opiniones. ¿Qué más podemos hacer? Matamos lo que tocamos, somos el hoyo negro en el alma de la humanidad que va despertando hacia su gloria, somos su vergüenza aunque de vez en cuando le damos esperanza y luz. Nadie desea recibirnos, ni los buenos ni los malos, y solos avanzamos a la degradación del ser que alguna vez fue bello. Entonces, ¿qué haremos?

Podemos abrazarnos. Podemos cuidarnos. Secar nuestras lágrimas mutuamente, porque son bien merecidas y también están muy mojadas. Limpiarnos los rostros el uno al otro, porque al menos en el bordecito de la mano todavía no nos hemos untado de mierda. Podemos soplarnos palabras bonitas al oído, total que sale gratis y a nadie le quitamos cosa alguna haciendo eso. Podemos reír, reír hasta la muerte, despertar con una sonrisa y meternos a la cama con la misma o con otra. Podemos caminar y caminar y seguir caminando (si algo tenemos de bueno los monstruos es nuestro excelente estado físico, logrado a través de muchas cacerías de almas inocentes). Tal vez, incluso, podemos flotar con la ligereza de nuestras cabezas inteligentes pero huecas y nuestros sueños sencillos de atardeceres y deportes solitarios, de música y conversaciones sobre cualquier cosa menos personas.

Ahora que lo pensamos mejor, parece que haremos muchas cosas en esta nuestra oscuridad densa y fétida. Y, tal vez un día, cuando salgamos de ella hacia arriba o hacia abajo… no, mejor no, seguro que extrañaremos su abrigo.

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