Skip navigation

No soy bueno en los juegos de azar. Puedo ganar con frecuencia, pero sé que no es cuestión de habilidad o estrategia, sino pura coincidencia. Sin embargo, no es de eso que quiero escribir ahora, sino de la molesta avalancha de cartas y documentos necesarios para realizar cualquier trámite en nuestra burocrática sociedad boliviana.

Si quiero corregir mi dirección en la factura de un servicio hace falta una carta. Si deseo que mi apellido, tantas veces confundido con el de la enorme y dispersa familia “Revollo”, aparezca correctamente escrito en un contrato, debo presentar una carta. Para solicitar una inspección técnica, para cambiar la fecha en que pagaré las cuotas de mi crédito hipotecario, o para me hagan el favor de estabilizar el pésimo servicio que me están prestando… cartas, cartas y más cartas. Como si no bastara la molestia de hacerme ir hasta sus oficinas para atender asuntos que en muchos países vecinos ya se resuelven por teléfono, debo redactar una y otra vez la misma típica y sosa carta. Ya incluso puedo recitarla de memoria:

La Paz, [inserte aquí la fecha de sus desventuras]

Señores
[inserte aquí el nombre de la retrógrada empresa]
Presente

Ref.: Solicitud de [inserte aquí la estupidez que desea resolver]

Distinguidos señores:

A tiempo de saludarles cordialmente, deseo mediante la presente solicitar [aquí va la estupidez previamente mencionada, explicada con palabras diferentes para que no nos tomen por ignorantes, y con todos los detalles posibles para que no nos pidan otra carta, ¿verdad?].

A la espera de su gentil atención, me despido reiterándoles mi más distinguida consideración. [En lugar de este párrafo puede ir cualquier otra expresión melosa que evite que quien lea la carta perciba que nos interesa un ápice la buena fortuna de su empresa].

[Inserte su firma aquí]
[Incluya su nombre, números de documento y teléfonos de contacto]

No sólo sé de memoria lo que debe decir, ¡hasta en sueños me veo entregando cartas! Es por eso que ahora cargo siempre conmigo unas hojas de papel y un bolígrafo, y al primer infeliz que me pide una… ¡zas! Se la redacto ahí mismo, y no me importa que tenga que entenderse con mi mala letra. No entrego menos cartas, pero al menos me evito la molestia de ir a algún otro lugar a imprimirlas.

Anuncios