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De entre todas las malas costumbres que tengo (y son muchas, tantas que cada vez más personas me quieren lejos de su lado), la más recientemente adquirida es andar por la ciudad tomando fotografías de todo cuanto se me pone en frente. En tal afán, de vez en cuando obtengo fortuitamente alguna toma interesante. Sin embargo, estoy convencido de que serían más si no fuera por el millón y medio de cables que los paceños tenemos tendidos sobre nuestras cabezas.

¿Qué hacemos con ellos? No tengo ni la más pájara idea. Hace unos meses se trató de liberar a la importante avenida Camacho de su notable maraña particular, que databa de varias décadas atrás. Fue todo un acontecimiento la reinauguración de la misma, con asfalto impecable, aceras bordeadas por jardines y, ¡maravilla!, todos los cables trasladados a conductos subterráneos. ¿Victoria? ¡Bah! Si la vida fuera tan sencilla, ¿qué gracia tendría? Un par de semanas después ya había cables otra vez. Tengo fotografías de eso por ahí, según recuerdo.

Pues bien, en honor de los interminables, omnipresentes y todopoderosos cables paceños, ahora pongo a consideración de ustedes unas cuantas de las decenas de fotografías de mi querida ciudad que me gustarían más si esos impertinentes desaparecieran.

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