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Sí, lo había comprado antes. Puedo hasta decir que lo había leído. Nada más parece que mi peto de hielo o mi casco de estiércol estaban impidiéndome verlo. Bueno, eso o mis entrecerrados ojos de pequeño burgués asalariado. El caso es que recién hoy, como que para hacer hora a la espera del inicio de otra de las latosas reuniones de copropietarios del edificio donde vivo, pude ver e incluso sentir esta publicación de la Fundación Arte y Culturas Bolivianas.

No tiene brillantes colores ni diseño de vanguardia, mucho menos una planta de columnistas famosos; pero este “periódico de los chicos que viven y/o trabajan en la calle” me sorprende número tras número. Sus artículos y citas, sí, hasta sus anuncios publicitarios, transmiten una visión de la realidad a veces desconocida para los que nos duchamos con agua caliente todas las mañanas y creemos que por eso merecemos nuestros empleos. Hace bien una sacudida, una despabilada, al menos de vez en cuando. Pero como no quiero caer en el discurso sentimentalista del patán con resaca que despierta en una cama de hospital con la cadera fracturada… vaya, estoy divagando de nuevo. Bueno, si viven en La Paz, cómprenlo y léanlo. Si no, entonces miren a su alrededor y busquen, porque donde quiera que exista una persona luchando a diario contra un medio hostil y venciendo contra una herencia adversa, habrá una historia digna de contarse.

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