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La ciudad me huele a coco. Y a tabaco, también a cieno fresco. A ratos huele a césped, húmedo, recién cortado… pero luego vuelve al coco, a la esencia en lata de aluminio, aromatizador de ambientes cerrados transportado en la brisa abierta. El sol lo calienta, la lluvia lo renueva, mis pasos en la acera le mezclan algo de polvo. ¿Qué es toda esta miscelánea de aromas atormentándome? Demasiado para mí mente, eso sí puedo decirlo. Pero pronto, de alguna forma, podré procesarlo todo. Entonces los aromas volverán a su sitio.

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