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No te diré que hiciste bien. Tampoco voy a reprochártelo. Yo también tengo miedo de vez en cuando, yo también me escondo para no ver el mundo. Tiene dolores grandes, espantosos ruidos, injusticias y contradicciones… ¡y a la vez es tan lindo! En él puedes sufrir y gozar, volar y desplomarte, todo en el mismo día. Pero ya no tienes cómo saberlo, ¿cierto? Ya no vas a vivirlo.

La conozco, ¿sabes? También a él, un poco, pero más a ella. La vida te pone sorpresas en el camino, algunas en forma de calidez envuelta en lunares y con enormes ojos marrones. Su vida no ha sido muy fácil. Recuerdo que un par de veces hasta lloramos juntos. Hoy debió ser así también, ella lo merece, tú lo mereces. Es increíble cómo ocurren algunas cosas.

Me pongo en el lugar de él ahora. Lo hago y quedo en silencio, sin palabras de consuelo que dar a otros, mucho menos a mí mismo. ¿Y qué podría decir? ¿Qué elocuente discurso podría traerte de vuelta? ¿Trataría siquiera de curar las heridas, de ponerle venditas a ese corazón roto? Quien te esperó tanto, quien lucho por ti… ¿dónde queda su espíritu abatido? ¿En qué profundidades se esconde? ¿Y pretendo, apenas con mi voz, buscarlo y reanimarlo? Es increíble mi impotencia ante algunas cosas.

Todo lo que ella espera es un abrazo, sin preguntas, sin esas frases memorizadas para horas de duelo. Tendrá que ser un abrazo silencioso. Pero, ¿cómo voy a dárselo? ¿Cuánto tiempo habrá pasado cuando la vea? Tendré que recorrer de arriba abajo esta ciudad indolente. Pero, aunque lo haga, ¿seguiré recordándote? ¿Mantendré por años el semblante azul y la expresión dolida? ¿Quién soy yo para pretender que la entiendo por lo menos un poco, o que siento lo mismo que él? No, pequeño amigo. Estamos todos solos en esto, ellos, tú, yo. Al menos yo sí estoy acostumbrado a eso.

No te diré que hiciste bien. Tampoco voy a reprochártelo. Es increíble cómo ocurren algunas cosas, mi impotencia ante algunas cosas. Te esperaba este mundo… ya no vas a vivirlo.

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