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De cuando en cuando se te pone rígida la espalda. La causa no está clara pero es siempre lo mismo: despertar más temprano, pasar por la farmacia antes de ir al trabajo, preguntar por algún producto que sea efectivo, calcular cuántas dosis puedes permitirte. Elegir y ponerte en la fila, pagar y dictar tu apellido. Hasta ahí todo bien, fácil y seguro. Luego te señalan el cuarto chiquito. Normalmente es una muchacha, y caes en cuenta de que te preocupa la posibilidad de quejarte. No quieres verte peor, después de todo ya es suficiente con que estés enfermo. Bueno, tranquilo, respira profundo y aflójate, luego respira de nuevo. ¡Cómo si fueras el primero al que va a inyectar en su vida! Tal vez el último, pero el primero jamás. En fin, ya estás ahí, no hay vuelta atrás, ¿de acuerdo? Mejor será que ni lo pienses. A fin de cuentas, no es la inyección sino la espera. Y cuando la espera termina te das cuenta de que era una tontería. Te pones a conversar, haces chistes… ¡cómo si fueras el primero al que inyectó en su vida! No importa, ya acabó todo y te sientes bien. Es como si la mañana recién empezara. Sí, fue divertido, hagámoslo de nuevo. ¡Rayos! Ya compraste la dosis siguiente. Qué pena por ti.

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