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Lo primero que debo hacer notar a quien lea estas líneas es que no me gusta el fútbol. Tal vez porque el primer partido “oficial” en el que participé fue catastrófico (mi selección de 1ro de Primaria perdió por 21×1, y adivinen quién estaba de arquero). Tal vez porque durante la mitad de mi niñez el televisor que había en casa sintonizaba juegos de fútbol justo cuando yo quería ver otra cosa. Tal vez porque soy una de esas personas que prefiere hacer en lugar de ver y nunca fui bien recibido en los equipos de mis colegas de adolescencia (incluso los que ignoraban mi terrible desempeño podían verme alto, delgado y un poco lento en mis años de más lectura y menos exposición al sol). O, finalmente, tal vez es porque me parece ilógico el nivel de interés y hasta idolatría que despiertan en las masas esos grupos de once personas que, en la mayoría de los casos, ni son parientes suyos ni jamás han visto en otra parte fuera del césped. Por la razón que sea, este mi punto de vista tan “raro”, que hasta incredulidad despierta en quienes me conocen recién, fue lo que me disuadió de seguir el reciente encuentro entre las selecciones nacionales de Bolivia y Argentina.

Lo segundo que debo hacer notar a quien lea estas líneas es que no me gusta exteriorizar opiniones sobre lo que no conozco. Tal vez por ese temor innato a hacer el ridículo que tantas veces nos restringe de ser nosotros mismos. O a lo mejor es porque prefiero dejar espacio para que las opiniones más fundamentadas y valederas se hagan escuchar. De nuevo, por la razón que sea, preferiría quedarme sin comentar el resultado de ese notable partido. No obstante, y a pesar de mis buenas intenciones de mantenerme al margen de la controversia, he llegado al límite de mi tolerancia. Ya tengo casi una semana escuchando y leyendo hasta el hastío sobre la “gran hazaña boliviana”. Peor aún, he estado enterándome de toda clase de versiones sobre las causas de semejante resultado, desde las más ingenuas hasta las más maliciosas. La de hoy, sin embargo, fue la cereza sobre el pastel que me sacó de mi silencio.

Lo tercero que debo hacer notar a quien lea estas líneas es que de lunes a viernes me levanto a las 06:30, no sin cierto esfuerzo, y que por eso los fines de semana desconecto el radio que normalmente me despierta con las noticias nacionales. Pues bien, anoche olvidé apagarlo, y el precio que pagué fue terminar mi última pesadilla de la noche de una manera más abrupta de lo normal escuchando, entre sueños primero y luego con incrédulo estupor, cómo el comentarista religioso que inicia la emisión de los domingos (otra de las razones por las que apago el radio los sábados por la noche) congratulaba a la selección boliviana por su actitud humilde al iniciar el partido, mientras que calificaba a la escandalosa derrota argentina de “castigo divino por la actitud soberbia de sus jugadores y su ‘endiosado’ director técnico“.

En ese punto me decidí. Si cualquier payaso puede gritar a los cuatro vientos lo que opina, por ridícula que su opinión sea, ¿por qué no podría yo, que soy un payaso un poco más notable que el promedio, hacer lo mismo? Además, he cotejado mi punto de vista con algunas personas más informadas en la cuestión que yo (el más notable mi amigo Arturo, experto en medios) y no suena tan ilógico, a pesar de que podría creerse que se debe a esas recientes experiencias de mi vida personal que han azuzado mis paranoias y me han hecho propenso a la formulación de teorías de conspiración.

Siendo así, les presento en una (larga) frase (creo, mi gramática siempre ha sido pobre) mi punto de vista sobre lo que el resultado de 6×1 favoreciendo a mi Bolivia representa: uno más de tantos esfuerzos realizados por los grandes del fútbol internacional buscando que se vete la realización de partidos oficiales en altitudes consideradas por ellos desventajosas por decir lo menos (alguien usó el término “mortales”). Y no es que me interese si hay o no hay partidos en el Hernando Siles, honestamente me da igual. Pero a lo mejor esta explicación, sencilla y compleja a la vez, pueda servirle a alguien para hacer algo al respecto, aunque sea sólo lograr que ese comentarista religioso ya no me despierte con absurdos cuando olvido apagar el radio los sábados por la noche. Y ahora me voy a desayunar.

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