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Recuerdo mi primer semestre en la universidad y la clase de Álgebra, interesante en parte por los contenidos, en parte por el variado y ameno grupo de mis colegas de la “jaula 2”. Recuerdo al docente, barba en candado y botas de motociclista que desentonaban con su traje, normalmente claro. Y recuerdo lo que me dijo una de esas mañanas soleadas en su clase: “lo único que a usted le falta es un poco de sentido común”. No sé bien si fue adecuada mi respuesta: “y, ¿qué es sentido común?”. Lo que sí sé es que lo puse en un aprieto, es muy fácil usar expresiones recicladas de memoria. Pero bueno, unos 15 segundos después me recitó la definición clásica y dimos la cuestión por zanjada. Ahora bien, ¿era la definición clásica la que quería él que yo conociera? La verdad es que esa conversación ha estado dando vueltas en mi cabeza durante ya catorce años (cómo pasa el tiempo). Y aunque en este tiempo muchas cosas han cambiado en mi manera de percibir el mundo, sigo teniendo la misma duda: ¿me hace falta sentido común? Tal vez nunca llegue a obtener una respuesta, pero seguiré pensándolo, siempre a la luz de mis decisiones más recientes.

Queda claro, entonces, que no soy una lumbrera en el asunto. Por ello resulta más atrevido publicar la fotografía anexa y preguntar de quién es la mayor falta de sentido común (entendido según la definición clásica). ¿De las autoridades, que piensan que un letrero puede proteger a vehículos y transeúntes que circulan por la calle Sagárnaga a menos de 80 centímetros de un muro que está a punto de derrumbarse? ¿De la familia que descansa tranquilamente a la sombra de tan amenazante estructura? ¿O del fotógrafo que contempla el panorama y nada hace al respecto? Tal vez cuando todos los lectores tengan una respuesta unánime a estas preguntas yo sabré vivir sin majaderías.

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