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Te aceptaré porque pretendo que me aceptes;
luego, tal vez, querré ganarme tu respeto.

Quien te respeta está mirando desde lejos.
Mide sus pasos, sus palabras, se contiene.
No es por temor, es por saberse diferente
y por creer que ciertas cosas no se entienden.
Ya confirmé que respetar no es suficiente
para tener a alguien veraz siempre a tu lado:
asentirá, te dirá “sí, qué interesante”,
sin compartir satisfacción por lo logrado.

El aceptar es olvidar las diferencias,
es ignorar a los fantasmas del pasado,
es permitir que se replieguen tus defensas
y estar dispuesto a ver detrás de lo mostrado.
A quien acepto lo mantengo bien cuidado:
le doy mi tiempo, chocolates, fe y abrazos.
A quien me acepte recompensaré con creces:
fidelidad, dedicación y un brazo aliado.

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