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Llevaba varios meses sin escribir palabra. Sí lleno formularios y elaboro reportes y apunto compromisos en la agenda, pero es que dibujar de memoria una letra tras otra puede ser sólo un gesto sin mayor relevancia. Escribir desde adentro, por reflexión o rabia, es acción diferente que ya estaba extrañando, no por falta de temas sino por un exceso de actividades diarias e ideas entremezcladas. Me hacía falta un motivo, o mejor, una causa, algo que me marcara pauta y ritmo… llegó en forma de anuncio, invitación y reto.

Es obvio que no soy naturalista; conozco así, de oídas, las ciencias del ambiente. Y no soy pensador, qué gran problema: no me gusta escribir de lo que no conozco. Fue simple, pues, saber que era preciso complementar los datos disponibles con la ayuda del rey de los curiosos, o de los buscadores, si entienden lo que digo. ¡Cuál sería mi sorpresa, o mi cara de espanto, al ver medio millón de comentarios previos! Es como si de pronto la humanidad entera hubiera puesto el ojo en mi patria y su problema.

Y me puse a leer tratando de informarme, tratando de entender a los involucrados: por un lado el Gobierno, empresas y asociados; por el otro tres pueblos y sus pocos aliados, junto con animales y plantas de esos lados. Pero me fue difícil tener claras las cosas, pues mucha información es de segunda mano, escrita por personas como yo, que ven de lejos, y que sólo se enteran por los intermediarios. Resulta demasiado común en estos casos que muchedumbres viertan sus opiniones sin conocer de lleno circunstancias, razones, pros y contras; o que tomen partido en discusiones a partir de simpatías y antagonismos, no por explicaciones.

¿Qué podría yo añadir al mar de textos, a la feroz corriente de argumentos que amenaza con hacer aún otra mella en nuestra ya endeble unidad de bolivianos? Yo no vivo en el TIPNIS, por mapas lo conozco si es que a eso así puede llamársele; no he hablado con sus gentes, aunque sé lo que quieren, pero exclusivamente por boca de terceros.

Hay cosas evidentes, y estoy muy convencido de que cortar un parque nacional con carreteras lo divide en pedazos que ya no se conectan y lo hace vulnerable a agresiones externas. Creo también que es perverso tratar nuestro planeta como si el Hombre fuera su dueño y soberano; leyendas de mi infancia me enseñaron el mito, pero sobre eso hoy no haré más comentarios. Lo que me es complicado de esclarecer ahora es quién se beneficia más con aquel trazado. ¿Serán terratenientes, los pueblos integrados, o algún designio oscuro de comercio malsano? Yo no puedo saberlo, pero creo que el humano jamás tendrá derecho a crecer en riquezas a costa de su hermano.

Ya marchan varios días locales defensores del parque más famoso que tiene nuestra tierra. No sé si tanto esfuerzo será recompensado. Por lo pronto me queda la satisfacción grata de ver que hay más personas conscientes y luchando que aquellos que cobardes sólo se hacen a un lado.

 

 

 

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One Comment

  1. A la Bolivia urbana le preocupan más engordar su propio culo y reclamar si tiene que caminar 10 cuadras para ir a hacer sus compras por el “Día del Peatón”, que los problemas de su parcela de naturaleza y de sus compatriotas. El “ciudadano promedio” necesita viajar por el país y vivir en pueblos para darse cuenta de que hay mucho más que el MegaCenter y su PlayStation.


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