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Llevo bastante ya sin visitarte, no sé cuán verdes seguirán tus hojas o si es que soportaron el embate del fuerte ventarrón, o las memorias; o esos amaneceres no tan fríos llenos de largas sombras. Ignoro en mi demencia urbanizada y sobria si tu tronco está fuerte, si la brisa te roza, si juegan a tus pies flores y mariposas prendadas del cantar de tu voz, tan sedosa. No querrás que lo sepa, desde ya lo presiento, pero eso no me impide seguir imaginando que el sol baña tus ramas, que seguirás creciendo, que niños buscarán la sombra de tu seno.

Me quedé con tu jazz, tu luz, la bossa nova; extraño tu calor, el sí, tu Benedetti. Me diste una de cal por mis arenas. ¿O fue justo al revés, y es que me engaño? No encuentro forma real de contestarlo y es posible también que, por dudarlo, vuelva a tu corazón el trago amargo. Pero basta por hoy del titubeo, pues los pasos andados no se cambian; y que pueda por gracia o por ventura saber que ya arraigaste en fresco prado.

 

 

 

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