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En un planeta con 148’940’000 km2 de islas y continentes mi Bolivia y sus más de cien millones de hectáreas ocupan un lugar considerable. Pero si nos ponemos a pensar en que los bolivianos somos apenas el 0.15% de la población mundial de alguna forma entendemos el porqué de la ignorancia generalizada sobre nuestra cultura y realidad. Yo lo noté hace como cinco días cuando, conversando con una amiga residente de Quebec que visitó La Paz en abril, supe que en aquellas latitudes no se tenía cualquier clase de información sobre la marcha en defensa del TIPNIS, que ya por más de un mes ha acaparado nuestros titulares.

Resuelto a informarle sobre el tema, busqué material relacionado en inglés (no podría haberlo hecho en francés a pesar de mis mejores intenciones al respecto), y encontré unos pocos artículos, breves y desactualizados, que no reflejaban la magnitud del conflicto ni el estado en que se encontraba por entonces. A partir de esa infructuosa búsqueda se me ocurrió que tal vez ampliar la difusión de la situación ante la comunidad internacional era un camino a que se resolviera; por eso me decidí a escribir una nota con la mejor documentación que me fuera posible, y a traducirla a todos los idiomas a mi alcance con el fin de llegar a alguien que tal vez pudiera ayudar desde ahí afuera.

Así empezó mi fin de semana, recopilando datos, organizando ideas, haciendo malabarismos con el tiempo. Y cuando por fin trataba de poner todo en limpio, sentado frente a la computadora escuché noticias que ensombrecieron aún más aquel tormentoso anochecer de domingo: la policía había intervenido violentamente el campamento de los indígenas marchistas, capturando a la mayoría de ellos y trasladándolos forzosamente por el camino de retorno hacia no se sabía dónde.

Los reportes se sucedieron rápidamente. Algunas imágenes del ataque fueron difundidas por los medios y mostraban casi siempre lo mismo: grupos de dos, tres, cuatro policías armados y protegidos con escudos, cascos y chalecos antibalas por un lado; algún solitario indígena en sandalias y pantalones cortos blandiendo a lo sumo un arco y flechas por el otro; y como resultado inevitable de tan dispar enfrentamiento, personas ensangrentadas, maniatadas y amordazadas siendo arrastradas entre la vegetación. Yo me enteraba boquiabierto de los acontecimientos y por dentro ardía.

Soy un adulto físicamente grande, saludable y fuerte, que disfruta de hablar en público y practica artes marciales; sin embargo, hace unas décadas supe lo que es ser tímido, débil, enfermizo y pequeño. Nunca me faltó nada en cuanto a alimentación, estímulos y cuidados pero, por alguna razón, mi desarrollo tuvo una etapa lenta en la que fui objeto de burlas y abusos por parte de vecinos y colegas quienes, como buenos niños inmaduros, supieron siempre ser inocentemente crueles. Supongo que es por eso que me duele y me indigna ver cómo ahora, entre adultos supuestamente racionales, la gente con autoridad aprovecha su condición y su poder para zarandear a los venidos a menos. Y no importa quién este de un lado o del otro del conflicto; a mí me da igual que sean policías y manifestantes, citadinos y campesinos, empresarios y obreros, o simplemente alguien y su pareja; siempre que presencio abuso de poder, violencia intimidatoria, represión al libre pensamiento o discriminación hacia el que es minoría siento que es necesario resistirlos y denunciarlos.

Recuerdo que siendo víctima de los abusivos del colegio se llenaba mi imaginación infantil de deseos de venganza. Y una mañana, cuando cursaba ya la universidad, se me presentó la oportunidad de hacer realidad esas imágenes con uno de ellos en particular. Es interesante cómo quienes se desarrollan aprisa durante la pubertad lo hacen tan poco después de ella. Pero, ¿saben? Teniendo enfrente a quien me había hecho un infierno casi todo 1989, y viéndolo evidentemente intimidado por mi nueva constitución física, concluí que era suficiente sufrimiento para él saberse despojado de su dominio sobre mí. Y es que, aunque la víctima de maltrato no tenga el poder necesario para cambiar las cosas, quien recurre al abuso no es tan fuerte y audaz como aparenta tampoco.

Aquella mañana sonreí, volteé y me fui (tal vez don Luchex lo recuerda), porque hay otra verdad que aprendí mientras crecía viajando entre grandes ciudades y pequeños pueblos tanto del extranjero como de nuestra patria; y es que “salvaje” no es el que vive en la selva, sino el que se comporta irracional e incivilizadamente. Y sobre esto quiero ser enfático, no me importa qué argumentos se esgriman ni qué intereses haya por detrás de las acciones de uno u otro bando, ni siquiera me importa lo que digan los oportunistas que aprovechan esta clase de conmociones para tratar de hacerse con algo de poder explotando el sufrimiento ajeno… la realidad simple y concreta es que actuar “sólo siguiendo órdenes”, sin cuestionar motivos ni medir consecuencias, es por definición irracional; así como instigar a la violencia contra el semejante, propiciar el maltrato sin consideraciones de edad o género, y atacar a mansalva a colectividades indefensas son definitivamente comportamientos incivilizados.

A estas alturas ya no considero útil ni necesario tratar de recopilar información para la comunidad internacional, pues hay progresos que toda nación debe aprender a lograr por sí misma; además, los hechos del último fin de semana atrajeron bastante atención a las condiciones de esos cientos de familias que, atrapados en una lucha entre poderes que a lo mejor hasta ahora no acabamos de comprender, hacen lo mismo que cualquiera de nosotros haría en una situación similar: defender su hogar y su forma de vida. Y aunque en este momento todos estamos, en mayor o menor medida, perdiendo con el conflicto, espero que a Bolivia le quede como ganancia aprender de una vez por todas que no debe permitirle a sus gobernantes profanar las dos mayores riquezas que tiene: su naturaleza y su pueblo.

 

 

 

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