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Me duelen más los vivos que los muertos; me apena el que se queda, no el que parte; prefiero ser gentil con el que sufre sin llorar por la ausencia del callado.

En un mundo en el que abundan sinsabores es frecuente tener cerca a algún doliente. No hace mucho fue mi padre el afectado, él perdió en un tiempo breve a hermana y madre, pero he visto tantas veces esos ojos que hace rato que dejé de llevar cuenta; y mantengo en un rincón de mi conciencia la certeza de que no se ha terminado el desfile de miradas abstraídas entre aquellos que caminan a mi lado.

Lo difícil no es saberlos abatidos, sino el peso de entender que aunque lo intente no podré darles consuelo con palabras. Y en la pausa previa al trueque de saludos, acercándoles despacio algunas flores, veo lo inútiles que son aquellos dioses y esas vanas complacientes esperanzas. Pero vuelvo pronto al hoy, y me concentro en decir esas verdades conocidas, que estaré siempre a tu lado cuando quieras, que lamento ese dolor que estás pasando; un discurso que si bien es muy sincero les da igual, ya su realidad no cambia.

Un abrazo y me encuentro en mi camino alejándome corriendo de la pena; no por miedo a que se adhiera a mis espaldas, solamente doy lugar a su proceso, a esa larga travesía solitaria que es de uno aunque esté cubierta en besos. ¡He perdido tanta gente en tu pantano! Se extraviaron en el frío de su pecho, nunca más fueron los mismos en el fondo, pues su vida se quedó en aquel entierro. Cruel dolor, deja salir a mis amigos, quiero ver serenidad en esos ojos; que no sigan arrastrando esa cadena que los une con aquel recuerdo roto.

 

 

 

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