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Me preguntaron si, para ser un buen actor, hace falta saber fingir. Fue irónico y halagador, lo primero porque apenas voy aprendiendo a ser un actor, y lo segundo porque quien hizo la pregunta me conoce hace relativamente poco tiempo y aún así considera mi opinión lo bastante válida como para alimentar la suya. De todas formas, me pareció una interrogante perfectamente válida y recibió la respuesta que inspiró el momento, inmerso en naturaleza y espontaneidad.

Creo que llegar a ser un buen actor requiere muchas cosas pero no fingimiento. Estoy convencido de que se trata de trabajo duro, realizable por cualquier ser humano, pero que muy pocos están dispuestos a encarar. Y es que esa resistencia que el aprendizaje de la actuación genera, y que yo mismo experimenté por muchos de los años más oscuros de mi vida, nace del profundo y primitivo temor que tenemos a conocernos a nosotros mismos.

Para mí, actuar es conocerse a uno mismo. Actuar es tener plena consciencia de las características de las propias emociones, de modo que se es capaz de expresarlas en el momento que el papel lo amerita. Es poder mirar hacia adentro de la propia persona y poder responder a una pregunta: ¿qué haría yo en la situación que mi personaje enfrenta? Y es obvio que cualquier elemento forzado al contestarla será perceptible para el observador, que es otra persona, que conoce la diferencia entre lo real y lo pretendido, que vive día a día en el dominio del sentir humano.

El buen actor no depende del maquillaje, ni del vestuario, ni de la escenografía. El buen actor se presenta siempre desnudo ante su público, honesto, auténtico… transparente. Es por eso que aspiro llegar un día a ser uno.

 

 

 

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