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Algo no me convence del dinero. Me es un poco anormal el poseerlo, tener dos o tres veces la cuantía que se requiere aquí para pasar el día. Tal vez sea esa costumbre mal ganada al empezar mi vida independiente, esa de ir ponderando mis finanzas tan sólo por las deudas en mi mente; después de todo, es nuevo verme libre y no necesitar pensar en formas ni calcular maneras de cubrirlas después de un gran almuerzo al medio día. O tal vez sea algo un poco más profundo, vestigio de piedad mal inculcada, la malsana creencia de que nadie merecía de verdad lo que tenía.

De vez en cuando estoy sintiendo culpa, vergüenza de tener cierto dinero. Es sensación extraña y sin sentido: he trabajado bien para ganarlo; no ha sido caridad ni simpatía, no lo obtengo engañando ni violento. Podría, sí que podría… y me contengo. ¿Por qué me asalta, entonces, esta pena a la hora de gozar de lo que es mío?

Pena de disfrutar, tal vez es eso. Sentir que a lo mejor no lo merezco; o que hay quien lo merece más, que no es lo mismo pero al final resulta en igual suerte. Suerte, esa en la que no creo y que me persigue, que me hace continuar intacto, impune, indemne, inmundo inmaculado… tanto que se me ve mejor que a otros, tanto que tengo más de lo preciso. Pero, ¿será verdad que ese es el caso? ¿Será que me va bien en todo empeño? ¿O es que, para olvidar otros dolores, mi vista vive fija en lo que tengo? Cuando ni al escribir le pongo gracia, ¿será que espero más de lo que debo?

Puede que sí y tal vez es lo contrario. Y tal vez todo cambie en un momento. Pronto se acabarán mis vacaciones, tal vez entonces sí quiera dinero.

 

 

 

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