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Respiré brisa nocturna, fría como el Mar Austral; su caricia me impulsó a caminar por la ciudad. Visité esos tres lugares que solíamos rememorar: el del whisky, el del beso, y el del vuelo sideral. Escuché nuestras tonadas, que son pocas, la verdad; muchas menos que las luces iluminando mi andar, y menos que los proyectos de sitios por explorar. Recordé los buenos tiempos, las sonrisas, la amistad, seis peleas, los dos viajes, esas charlas sin hablar, tus dolores, mis torpezas, la calma antes del final. Se llenaron mis pulmones del aroma de tu paz. Encontré entre mis memorias tus miradas, tu cantar, el plato con aceitunas que comiste hasta acabar. Lo traje todo de vuelta, lo bonito y lo demás, y lo convertí en un fardo que aplastaba sin pesar. Me hice pobre, me hice débil, detuve el cicatrizar de los cortes que en mi pecho no han dejado de sangrar, y me sumergí en el foso que llené con mi pensar en todos esos momentos que se quedaron atrás… pero ahí, con tu fantasma, mis demonios y el jamás… aunque los conjuré a todos, ya no logré llorar más.

 

 

 

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