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No he acompañado el proceso muy de cerca, debo admitirlo, pero me da la impresión de que La Paz acaba de ser elegida una de las siete “Ciudades Maravilla” del mundo. Y me parece fantástico, no sólo porque esa designación le asegura un mayor flujo turístico y una especial notoriedad entre las poblaciones del planeta, sino porque a la mayoría de sus habitantes eso les infla el pecho de orgullo. Me alegro mucho por ustedes, amigos míos. Y, al mismo tiempo, no tanto.

Lo que impide que me sienta totalmente feliz por ustedes es pensar en que ahora tienen en sus manos un gran, gran trabajo. Pues sí, porque su labor no terminó con hacer clic en la página de registro de votos; ni con hacer fila en alguno de los puestos móviles que se dispuso para tal efecto (medida muy acertada, por cierto, considerando que el paceño promedio no cuenta con un acceso decente a la Internet siquiera). No, como dice esa frase tan trillada, “con un gran poder viene una gran responsabilidad”; y si los paceños ejercieron su poder para colocar a La Paz en la lista codiciada, ahora toca asumir las consecuencias de ese logro.

Por supuesto, es muy complicado que cualquiera de nosotros pueda hacer algo por convertir a la Ciudad del Illimani en un sitio más maravilloso: sus montañas, sus cielos azul profundo, su topografía caprichosa, su estructura surreal… bueno, para qué vamos a seguir hablando de eso. Pero La Paz tiene problemas que no aparecen en sus fotos panorámicas, que se camuflan bajo la apariencia de manto estrellado que tienen sus laderas por las noches, que solapadamente existen en las aceras a la izquierda y a la derecha de esas tan coloridas entradas folclóricas que acaparan la atención de todas las lentes. Y por muy inolvidable que sea esta ciudad para el visitante ocasional, somos quienes la vivimos día a día los que sabemos cuál es su condición real.

La Paz, y su tráfico infernal. La Paz, y su basura amontonada por todos lados. La Paz, el único lugar que conozco donde puede encontrarse personas ebrias las 24 horas del día, los 365 días del año. La Paz, con sus ríos contaminados y su aire viciado. La Paz, llena de perros callejeros, de comercio desordenado, de filas por todos lados. La Paz, un lugar donde sufren los niños, y las mujeres, y los ancianos. La Paz, tan visitable y tan poco habitable.

Una lástima. Pero, al mismo tiempo una alegría, porque nos da la oportunidad de demostrar que La Paz tiene habitantes que son una maravilla; personas con espíritu valiente, que enfrentan desafíos no sólo en cuanto a geografía, sino también en el ámbito de la ciudadanía. Ya se logró que nuestro nombre se conozca en todo el mundo. Ahora, hagamos que esa fama sea bien merecida.

 

 

 

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