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Caminé y caminé buscando aquel comercio, la venta de pasteles a la que me llevaron un día en el que llovía como ahora, aunque con más contento y menos frío. Busqué su ubicación en mis recuerdos: las pistas, tantos giros, los colores, la esquina, sus letreros y las bromas, tratando de encontrarme en el enredo que es el barrio del santo más sureño. Maldito laberinto adinerado, podría ser una trampa de turistas, porque tras recorrerlo un par de horas llegué al mismo lugar que en el comienzo. Y fue la frustración de aquel momento, o el cansancio, o el saberme perdido lo que me recordó que nunca he sido capaz de recobrar lo que se ha ido. O lo que deja a otros, que es lo mismo, aunque su implicación es más severa. Y tuve que admitir, sin disfrazarlo, que vana fue la búsqueda completa, porque quise volver y reencontrarlo sin confirmar primero su existencia.

 

 

 

 

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